A comienzos del siglo XX, Buenos Aires estaba cambiando vertiginosamente, y Pío Collivadino nos legó un rico reflejo de ese momento histórico: escenas portuarias, rascacielos y flamantes avenidas del centro. Pero además de los nuevos edificios industriales, usinas y puentes, también llevó a sus telas las casitas bajas y algún que otro espacio más que austero. Hasta una pequeña puerta verde de una casa del Buenos Aires de 1900 podía convertirse en motivo de su pintura.
Barracas, La Boca, el Riachuelo, los barrios periféricos, las calles de tierra iluminadas a gas: toda una Buenos Aires en ebullición aparece en las obras de este artista, que supo hallar poesía en los rincones menos celebrados de la ciudad. Fue uno de los grandes renovadores del paisaje urbano porteño y encontró belleza en las chimeneas, los obreros, los barcos y los edificios en construcción. Nacido en Barracas, vivió entre 1869 y 1945.
Inmigrantes italianos, obreros al costado de barcos gigantes o almorzando durante su descanso: todo lo abordó con una técnica refinada y una particular sensibilidad para la luz. Su pintura recibió la influencia del divisionismo italiano y, en algunos momentos, se acercó al puntillismo, alternando pinceladas fragmentadas con gruesos empastes.
A lo largo de las tres primeras décadas del siglo XX, captó como pocos la luminosidad cambiante de Buenos Aires y sus suburbios. Su mirada no se detuvo únicamente en la ciudad monumental que anunciaba el progreso: también encontró belleza en una calle de tierra, una fachada humilde, el humo de una chimenea o una pequeña puerta pintada de verde.
En esa convivencia entre la ciudad que desaparecía y la que nacía con fuerza está buena parte del encanto de su obra. Una Buenos Aires todavía reconocible y, al mismo tiempo, ya encaminada hacia la modernidad.


































